
“Vuelvo a Las Hurdes. La comarca española estaba envuelta en leyendas de monstruos y gigantes, al menos, desde el siglo XV. Quien se adentraba en esos valles lo hacía cargado de prejuicios de siglos. Pero los excursionistas que empezaron a recorrer el país a pie o a lomos de mula, en los últimos años del siglo XIX descubrieron muchas Hurdes. (…) La España vacía no lo estaba tanto. Aquí y allá había pueblos, villorrios y aldeúchas. En los montes más inverosímiles y en los yermos más feroces había gente rústica que vivía en condiciones medievales. (…) Trabajaban unas tierras miserables, a menudo arrendadas en condiciones de esclavitud feudal. Eran siervos no muy distintos a los de los libros de Gógol. Harapientos, brutales, desconfiados. Niños sin escolarizar rodeaban a los excursionistas pidiéndoles una perra chica o un trozo de queso. Ancianos famélicos envueltos en carasoles, madres con mil hijos, labriegos que pasarían mucha hambre si no llovía pronto”.
Sergio del Molino. La España vacía. Turner 2016. Pág. 140.