
PERDIDOS EN LAS HURDES
«Siguen caminando siempre hacia el Oeste. El paisaje se ha cerrado por completo. Es imposible encontrar la senda. A veces, los viajeros creen haberla descubierto en algún pedregal de la ladera y trepan agarrándose a las matas de brezo. Por todo el angosto cañón hay una sombra espesa. Únicamente en las cumbres queda una raya de sol. Da el sol arriba, sobre las altas sierras de la Corredera. Detrás es ya la provincia de Salamanca, otros pueblos y otros hombres. Son las montañas que han cerrado el camino a “la tierra de Jambri”. Los viajeros sienten una urgencia en llegar a la última alquería del Malvellido.
– Hemos debido perdernos cuando usábamos las terrazas, dice Armando.
«Miran hacia abajo, casi perpendicularmente. Los últimos cultivos quedan muy atrás, son trozos alisados de monte, pedacitos insignificantes con dos o tres castaños. Más hondo hay otros bancales con unos cuantos olivos, como macetas encajadas en la pared negra de la ladera, y más saldo aún otros, y luego otros, hasta el río.
«Antonio y Armando se detienen apoyados en una piedra grande que parece estar en equilibrio inverosímil sobre el despeñadero.
– Es el trabajo de unos hombres con una ansia terrible de persistir. Trepar doscientos metros para escardar unas patatas, subir unas espuertas de tierra o cuidar unos arbolillos –dice Antonio.
– Resulta incomprensible que hayan podido vivir aquí – comenta Armando.
Armando López Salinas y Antonio Ferres. Caminando por Las Hurdes. Seix Barral 1960. Pág. 105-106.
