
Su vida no ha sido fácil. Emiliana Martín Hernández (9 de abril de 1937) tuvo que hacer frente a las vejaciones y el maltrato. No esconde el pasado de su matrimonio con Alejo, pero expresa su orgullo por sus dos hijos y sus dos nietos. Aquella relación la resume en unas pocas palabras: «Muchos años y aún más lágrimas».
Resultó muy duro, pero conquistó un derecho que repite y proclama: la felicidad. Su testimonio se convierte en alegato contra el miedo y la costumbre, a favor de la dignidad y la vida; su experiencia, más allá de momentos y circunstancias, gira en torno a una decisión, demasiado tiempo demorada, que la incita a sentirse orgullosa de sí misma. Y a ser feliz. Al fin.
De su vida recuerda:
- “Mi madre decía que, como las niñas no íbamos a la mili, no hacía falta que diéramos clase”.
- “A los nueve años hice un vestidino para mi hermana y otro para mí. No se me olvidan ni la hechura ni el bordado”.
- “Llamaron al médico para que subiera los hierros y, cuando subió, mi niña ya había nacido, pero muerta”.
- Encima de pegarme una templá a trabajar, llegaba por la noche y solo tenía lágrimas en los ojos”.
- “Un domingo llamé a mi hija para que me viniera a buscarme. Pero tenerme que ir, dejar mi casa y a mi madre…”.
- “Mi vejez la estoy pasando haciendo las cosas que tenía que haber hecho de joven: ser feliz”.
Ver. Las Hurdes, tierra de mujeres. Páginas 48 a 597. Publicado por la asociación cultural AlmaHurdes.